La pandemia de COVID-19 transformó la vida de millones de personas y dejó una lección, que la comunidad científica no ha olvidado: los virus pueden surgir en cualquier lugar y convertirse rápidamente en un problema global. Sin embargo, también demostró la importancia de la vigilancia epidemiológica, la cooperación internacional y la investigación científica para responder a las amenazas infecciosas.
En 2026, los expertos continúan monitoreando diversos virus, no porque se espere una nueva pandemia inminente, sino porque conocerlos permite actuar con rapidez si surge un riesgo para la salud pública. Uno de los virus que ha permanecido bajo observación es el mpox, anteriormente conocido como viruela símica. Aunque fue identificado hace décadas, cobró relevancia internacional cuando comenzaron a detectarse casos fuera de las regiones donde tradicionalmente circulaba.

Esta situación puso de manifiesto cómo una enfermedad considerada localizada puede expandirse en un mundo altamente conectado. Gracias a los sistemas de vigilancia fortalecidos tras la COVID-19, los brotes han podido detectarse y controlarse con mayor eficacia, reduciendo significativamente su impacto.
Otro virus que ha llamado la atención de la comunidad científica es el virus de Marburgo. Este pertenece a la misma familia que el virus del Ébola y puede causar una enfermedad hemorrágica grave. Aunque los brotes registrados han sido limitados y generalmente contenidos, su alta tasa de mortalidad hace que cada caso sea investigado cuidadosamente.
Los recientes episodios reportados en algunos países africanos demostraron la importancia de contar con laboratorios capaces de identificar rápidamente estos patógenos y de implementar medidas de control desde las primeras etapas del brote.
El virus del Ébola continúa siendo otro ejemplo de por qué la vigilancia constante es fundamental. Desde su descubrimiento en 1976, ha provocado diversos brotes en África, algunos de ellos con importantes consecuencias para las comunidades afectadas. Aunque actualmente existen vacunas y mejores estrategias de respuesta que hace algunas décadas. Los expertos siguen monitoreando su comportamiento para comprender mejor cómo se propaga y cómo prevenir futuras emergencias sanitarias.
Detectar antes para prevenir mejor
La experiencia adquirida durante la pandemia también ha impulsado el desarrollo de nuevas herramientas tecnológicas. Actualmente, la secuenciación genómica permite identificar cambios en los virus en cuestión de días. Mientras que los sistemas de vigilancia internacional facilitan el intercambio de información entre países. Estas capacidades permiten detectar amenazas potenciales mucho antes de que alcancen una escala global.

Además, los científicos han adoptado un enfoque conocido como “Una Sola Salud” (One Health), que reconoce la estrecha relación entre la salud humana, la salud animal y el medio ambiente. Muchos virus emergentes tienen origen animal, por lo que estudiar las enfermedades presentes en la fauna silvestre puede ayudar a prevenir futuros brotes en humanos.
Lejos de generar alarma, la vigilancia de virus como mpox, Marburgo y Ébola demuestra que el mundo está mejor preparado que hace algunos años. La lección más importante que dejó la COVID-19 no fue el miedo a los virus, sino la necesidad de comprenderlos. Gracias a la investigación científica y a la colaboración internacional, hoy es posible identificar riesgos con mayor rapidez. Y desarrollar estrategias para proteger la salud de las poblaciones antes de que una amenaza local se convierta en una crisis global
.
