Microplásticos y su relación con la creciente infertilidad humana.

por Angel Salazar

A veces la realidad tiene un sentido del humor bastante retorcido, o quizá es que los cineastas tienen una antena conectada directamente a nuestras peores pesadillas. No puedo evitar pensar en esto cada vez que recuerdo Children of Men (2006), de mi paisano Alfonso Cuarón. En esa distopía, el mundo se va al carajo no por un meteorito o una invasión alienígena, sino por un silencio ensordecedor: el de los cuneros vacíos. Una epidemia global de infertilidad detiene el reloj de la especie. Y aunque en su momento nos pareció una premisa fascinante para acompañar con palomitas, la ciencia reciente nos está dando un “baño de realidad” que nos deja la boca seca.

Como alguien que ha pasado años observando el cosmos, analizando la composición química de estrellas a miles de años luz y maravillándome con la precisión de la mecánica celeste, me resulta irónico y alarmante que el mayor peligro para nuestra supervivencia no venga del espacio exterior, sino de algo tan insignificante y cotidiano como un tenedor desechable o el desgaste de las llantas de un coche.

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Del Siglo del Carbón a la Era del Polímero Invasor

Cada era tiene su pecado ambiental. En el siglo XIX nos ahogamos en el hollín del carbón; en el XX, nos emborrachamos de petróleo y química pesada. Pero el siglo XXI nos ha presentado un villano mucho más sutil: los microplásticos. Estas partículas, menores a los 5 milímetros (y sus primos aún más pequeños y peligrosos, los nanoplásticos), ya no son solo un problema de las tortugas en el mar. Están en la lluvia que cae sobre el Amazonas, en la nieve del Everest y, lo más perturbador, en nuestro torrente sanguíneo y nuestros órganos reproductivos.

El plástico fue el “milagro” que nos permitió democratizar la tecnología. Sin polímeros, no habría computadoras, ni medicina moderna, ni la versatilidad que hoy damos por sentada. Pero, como decimos acá en México, “nos salió más caro el caldo que las albóndigas”. La estabilidad química que hace al plástico tan útil es la misma que lo hace eterno y letal.

La Ciencia detrás del Silencio: El Estudio PMC10794604

Recientemente, un estudio exhaustivo (publicado y disponible en el repositorio de la National Library of Medicine) ha encendido las alarmas de la comunidad científica internacional. Investigadores como el Dr. Matthew J. Campen y su equipo han analizado tejidos humanos con una precisión quirúrgica, encontrando concentraciones de microplásticos en testículos humanos que superan significativamente a las encontradas en modelos animales.

No estamos hablando solo de “basura” estorbando; hablamos de disruptores endocrinos. El estudio detalla la presencia de polímeros comunes como el polietileno (usado en bolsas) y el PVC. El problema es que estos materiales actúan como caballos de Troya. Transportan aditivos químicos como los ftalatos y el Bisfenol A (BPA), además de sustancias perfluoroalquiladas (PFAS), conocidos coloquialmente como “químicos eternos”. Estos compuestos imitan a nuestras hormonas, “engañando” al sistema endocrino y saboteando la producción y calidad del semen.

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Imagen ilustrativa compartida por la UNAM

¿Hacia una Extinción por Diseño?

Los datos son fríos pero contundentes. En las últimas décadas, el conteo de espermatozoides en hombres de todo el mundo ha caído en picada, con una reducción estimada del 50% al 60%. Los contaminantes encontrados en el semen no solo disminuyen la movilidad (los espermatozoides se vuelven “flojos”, por decirlo de forma simple), sino que alteran la morfología y fragmentan el ADN. En las mujeres, estos mismos químicos se han relacionado con endometriosis y fallos en la implantación embrionaria.

Si extrapolamos estas tendencias, el escenario de Cuarón deja de ser ciencia ficción para convertirse en una posibilidad demográfica. Muchos dirán: “¡Qué bueno! Somos demasiados humanos consumiendo recursos”. Y sí, desde una perspectiva estrictamente ecológica, una reducción poblacional le daría un respiro al planeta. Pero la transición no sería un picnic.

Imagina una sociedad donde la población envejece sin relevo generacional. La estructura laboral colapsaría, los sistemas de salud tronarían bajo el peso de atender a millones de ancianos sin jóvenes que produzcan, e innovar se volvería imposible. El ánimo social caería en un nihilismo absoluto. ¿Para qué construir una catedral, para qué curar el cáncer o para qué viajar a Marte si no hay nadie a quien heredarle esos logros? La anarquía y el hedonismo desesperado serían la respuesta natural ante un callejón sin salida biológico.

Un Llamado a la Acción (Antes de que sea tarde)

Como divulgador, me gusta pensar que aún tenemos el control de la narrativa. No podemos simplemente “limpiar” los microplásticos del océano con un colador gigante; su escala es molecular. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es cerrar la llave de paso. Necesitamos leyes estrictas que prohíban los químicos demostradamente nocivos, no “en diez años”, sino ahora. Debemos presionar a las industrias para que abandonen el uso de PFAS en empaques y recubrimientos de utensilios (sí, ese sartén viejo de teflón pelado es un riesgo real en tu cocina).

A nivel personal, la batalla se da en los pequeños detalles: evitar calentar comida en recipientes de plástico (el calor acelera la liberación de micropartículas), filtrar nuestra agua de consumo y reducir el uso de fibras sintéticas en la ropa que sueltan microfibras en cada lavada.

La escala del cosmos nos enseña que somos una anomalía preciosa en un universo mayormente estéril. Sería una tragedia ridícula que, después de miles de años de evolución, arte y ciencia, nuestra historia terminara porque decidimos que era más cómodo usar vasos desechables que asegurar nuestra capacidad de dar vida.

Estamos a tiempo de cambiar el guion. No dejemos que el último ser humano nazca en una pantalla de cine; hagamos que la ciencia y la conciencia social sean nuestra mejor vacuna contra el olvido.

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Fotograma de la película Los niños del hombre de Alfonso Cuarón

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