El impacto de Theia y la creación de la Luna.

por Angel Salazar

Desde que tengo memoria, la Luna ha sido mi brújula personal. Recuerdo pasar horas de niño mirando ese disco de plata, tratando de entender cómo algo tan grande podía flotar ahí sin más. Esa fascinación no se queda en una anécdota de infancia; la veo repetirse ahora con mi hijo pequeño, quien cada vez que la ve asomarse entre los edificios de la ciudad, se emociona y grita con toda la seguridad del mundo que la Luna es su amiga. Todo esto tiene un origen, y su nombre es Theia.

Como divulgador que se la pasa saltando entre libros de astrofísica y crónicas de evolución humana, no puedo evitar pensar en nuestros ancestros. Me pregunto qué pasaba por la mente de un homínido en la sabana africana cuando, al empezar a tener conciencia de sí mismo, levantaba la vista y veía ese faro surcando el cielo nocturno. No era solo luz; era un calendario, un dios y una guía. Pero lo más increíble de todo no es solo su presencia, sino su origen: la Luna nació de una catástrofe tan violenta que casi destruye nuestro mundo antes de que este siquiera empezara.

Theia: El “Planeta X” que nos cambió la vida

Hace unos 4,500 millones de años, el Sistema Solar era una zona de construcción bastante peligrosa. No era el vecindario ordenado que vemos hoy en las apps de astronomía. En ese entonces, la Tierra era apenas un embrión planetario, un mundo fundido y hostil. En una órbita cercana acechaba Theia, un protoplaneta del tamaño de Marte (unos 6,700 km de diámetro).

La Hipótesis del Gran Impacto (Giant Impact Hypothesis) nos cuenta que Theia y la Tierra terminaron en una trayectoria de colisión inevitable. No fue un roce ligero; fue un choque frontal que liberó una energía equivalente a miles de millones de bombas atómicas. Si hubiéramos tenido un telescopio en ese momento, habríamos visto cómo la Tierra literalmente se “desparramaba” por el espacio.

Este evento no es solo una teoría emocionante para una película de Hollywood. Científicos como Edward Young de la UCLA han analizado isótopos de oxígeno en rocas lunares traídas por las misiones Apolo y han confirmado algo asombroso: la firma química de la Luna y la Tierra es prácticamente idéntica. Esto sugiere que Theia no solo golpeó a la Tierra, sino que se mezcló íntimamente con ella, como dos gotas de pintura que se vuelven una sola.

De un disco de escombros a la “amiga” de mi hijo

Tras el impacto, la Tierra quedó rodeada por un anillo de escombros incandescentes, algo parecido a los anillos de Saturno pero hechos de roca vaporizada y magma. Aquí es donde entra la física más pura: la gravedad. En un proceso que los astrónomos llamamos acreción, esos restos comenzaron a juntarse.

Es fascinante pensar que objetos que hoy catalogamos con frialdad, como las rocas de los “mares” lunares (que en realidad son llanuras de basalto), fueron alguna vez parte del manto terrestre lanzadas al vacío. En cuestión de unas pocas décadas —un suspiro en tiempo geológico—, esos escombros se compactaron para formar la Luna.

A diferencia de otros satélites del Sistema Solar, como las lunas de Marte (Fobos y Deimos), que parecen asteroides capturados, nuestra Luna es “carne de nuestra carne”. Por eso, cuando mi hijo dice que es su amiga, en realidad tiene mucha razón: es parte de nuestra casa original.


El regalo de Theia: Estaciones y estabilidad

Si Theia no se hubiera estrellado contra nosotros, tú no estarías leyendo esto. El impacto no solo nos dio una vista hermosa por las noches; “recalibró” el planeta por completo.

  1. La inclinación perfecta: El choque inclinó el eje de la Tierra unos 23.5 grados. Esta inclinación es la responsable de que tengamos estaciones del año. Sin ella, el clima sería monótono y la biodiversidad que conocemos, desde los bosques tropicales hasta las tundras, probablemente no existiría.
  2. Un ancla gravitacional: La Luna actúa como un estabilizador. Evita que la Tierra se “tambalee” demasiado en su rotación. Sin la Luna, el eje terrestre podría variar de forma caótica, provocando cambios climáticos tan extremos que la vida compleja difícilmente habría tenido tiempo de adaptarse.
  3. El motor de las mareas: La interacción gravitatoria creó las mareas, que no solo sirven para surfear, sino que fueron cruciales para que los primeros organismos marinos hicieran la transición a la tierra firme en las zonas intermareales.

El caos como arquitecto de la vida

A veces nos da miedo pensar en el caos del cosmos. Nos gusta creer que vivimos en un sistema estable y eterno, pero la realidad es que somos hijos del desorden. Investigaciones recientes, como las publicadas por la revista Nature Geoscience, sugieren que el impacto incluso pudo haber traído elementos volátiles esenciales para la atmósfera y el agua de nuestros océanos.

Mirar la Luna hoy, ya sea con un telescopio profesional para buscar el cráter Tycho o simplemente a simple vista mientras caminas por la calle, es mirar una cicatriz de guerra. Una cicatriz que resultó ser nuestra mayor bendición. La próxima vez que veas a la Luna “zircando” el cielo, como decían antes, recuerda que estás viendo un pedazo de la Tierra primitiva y un pedazo de un planeta desaparecido llamado Theia.

Estamos aquí de puro milagro, o mejor dicho, de puro “chancazo” cósmico. Y esa es, quizá, la lección más humilde que la astronomía nos puede dar: que de la destrucción más absoluta puede surgir la armonía necesaria para que un niño, miles de millones de años después, mire al cielo y encuentre una amiga.

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